Cada vez que me siento a no hacer nada, o evitar no
aburrirme por el pedazo de ola de depresión que me viene de frente, pienso en ti.
Pienso en una chica más bien. Pienso en varias a veces.
Pienso en una mujer como puedo estar pensando en una niña. Rara vez pienso en
hombre o niño, pero también.
Cuando veo las mujeres con las que estoy o con las que me
veo, entiendo que unas son consecuencias de otras. No me gusta la más guapa, ni
la más lista, ni la más carismática. Me gustan por como estoy en ese momento,
por lo que me transmiten, por ser como son. En un caso porque lo necesito como
el que necesita beber agua, porque lo deseo y no puedo soportarlo. Hay otros
casos bien distintos, como es ese caso idílico en el que estoy siempre detrás
pero sin ninguna segunda intención y con el que no espero nada, pero por el que
en mi fuero interno sé que a estas alturas de la vida no podría decir que no de
ninguna manera. Vivo con otros casos, algunos que me dan morbo y otros que
simplemente los hago para hacer sentir bien a alguien y así sentirme bien yo.
Hay chicas que veo por molestar, por molestarme a mí mismo,
no a alguien, ¿qué le importará a nadie con quien esté yo en que momento?
Me viene a la cabeza ahora el delicioso reflejo de la luna
sobre el mar, lo veo poco, cuando me fijo. Lo encontré de improvisto y no hice
nada por ello, la verdad es que no necesito hacer nada con ello, solo
contemplarlo hablar yo sin que me responda y ver como es el mundo a su
alrededor me basta y me sobra. No me atrevo a imaginar sus besos, me quedo con
uno o dos abrazos y desayunar vino escuchando cosas estridentes a su lado, eso
es vida, eso es amor, el amor que siento yo, es como mirar lo más bonito del
mundo y ya sentirte satisfecho. No voy a intentar alargar la mano hacia la luna
para acabar ahogándome en el agua en el que se refleja, sé que eso es lo que va
a pasar.
Antes yo no pensaba en esto, pensaba en desahogarme y en ese
caso especial que era como aire para mis pulmones, pero las tonterías y el
jugar me llevo ante una pared con una espada de frente y tomé la única decisión
que nunca me reprocharé lo suficiente, fui un cobarde consecuente. Tomando
decisiones influidas por otros con besos que sabían a mucho pero que cuando me encontraba solo, me sabían a muy
poco. Nunca podré decir que no lo voy a hacer de nuevo, sé que si se presentara
la misma situación lo volvería a hacer.
No he encontrado una sola chica, una sola mujer a la que no
pueda decirle sinceramente a la cara que es guapa, que es guapísima, que si no
quiere una copa y hablar un rato. No lo entiendo. Hay personas que me caen mal,
pero a estas alturas no encuentro ninguna a la que decirle fea a la cara. No
puedo, pero no por no ser maleducado o por parecer más modernito e
intransigente con la estética impuesta de la sociedad que me rodea. Es que no
me nace, hay algo en mi fuero interno que me impide ver a alguien como algo
feo, sé que si hay alguien feo sería yo y tengo la teoría de que mi conciencia
me acepta a mí mismo tal y como soy, por lo que tengo que aceptar, lógicamente,
a los demás tal y como son.
Debo admitir que hay
veces que me cuesta, pero siempre he sido capaz de encontrar detalles que me
hagan sonreír de las personas con las que me siento a hablar un rato. El
ejemplo más práctico me viene a la cabeza como uno de los más recientes, hará
un par de semanas estaba hablando con una chica de unos 21 años, como yo. La
ignoraba un poco mientras hablaba de su proyecto de fin de carrera, sus
problemas personales y esas cosas. La llevaría escuchando e ignorando a la vez
media hora, algo influido por el alcohol debo admitir, pero de repente dijo una
palabra muy bonita, y la pronunció de una manera espectacular, en su discurso
con una pared dijo: “…propiocepción…”. Así sin más en mitad de un discurso en
el cual yo no podía encontrarle ningún sentido. La detuve y le insté a repetir
la palabra. Propiocepción. Qué bonita es la palabra, y que bonitos eran sus
labios articulándola. Que deliciosa era su voz al proyectarla, era lo más
cercano a esa sensación ver la miel esparcirse sobre una tostada caliente que
he encontrado nunca. Y la quise, y la quiero desde entonces. No me importa
escucharla sea lo que sea que diga, que perfecta es su voz cuando no se da
cuenta, que cultura, que nivel de disertación. Pero bueno esto es solo un ejemplo,
no voy a extenderme mucho más, es un ejemplo bonito, pero solo es un ejemplo.
¿Me creo gracioso? No. No lo soy, solo trato de ser como un
robot, o me sale solo lo de serlo. Digo lo que creo que producirá una reacción
que busco, pienso en hacer del ambiente en el que me muevo algo que yo haya
decidido, algo que yo haya creado, expresiones inventadas por mí, decisiones
basadas en principios similares a los míos, decisiones que no me atañen en
absoluto, pero disfruto regodeándome en eso, en dar a los demás un entorno
artificial, pero muy real.
Y sin ser gracioso, la gente se ríe conmigo, supongo que se
reirán de mí también, pero no delante de mí, por lo menos no últimamente. Esa
mi herramienta principal para acercarme a otros.
Una vez leí que lo primero que tienes que hacer al acercarte
a un grupo es caerle bien al mayor número de personas que no te guste a simple
vista posible, los chistes, aunque sean malísimos y pierdan el sentido en sí
mismos, son la solución para este problema. Cuando le arrancas una sonrisa a 4
de 10 personas en cualquier entorno social, eres automáticamente aceptado en el
grupo, lo siguiente es mantenerse dentro del mismo. Me estoy metiendo en el
entorno de la psicología grupal y con el chiste como herramienta para explicar,
básicamente, mi éxito a la hora de
socializar con cualquiera, si me pongo a ello.
Nunca me he enamorado a primera vista, pero debo admitir que
hay chicas que me gustan nada más verlas, los chicos que me gustan en cambio
son siempre por los ojos primero. Los pocos logros a la hora de acercarme a extraños o extrañas
que no conozco por la calle han sido cuando están en grupo. Van con sus cosas
en su burbuja social y yo entro en ella sin estallarla dejando las cosas en el
orden en el que las encontré, integrándome sin cambiar ninguna posible
jerarquía. Cuando ya lo he arreglado todo para que no haya ondas en el
estanque, siempre suelo aislar al objetivo de mi curiosidad porque lo dejo para
el final. Y entonces me acerco y me pregunto cómo es ella, por ponerle un sexo.
Me gustaría decir lo contrario pero, en la mayoría de los
casos solo hay decepciones. Te gustan más sus amigas o el entorno social en el
que te has integrado antes que el objetivo que te habías marcado al principio,
literalmente lo divertido del viaje, estaba en el camino.
Las relaciones son eso, una decepción tras otra, te
decepcionan los demás, te decepcionas tú a ti mismo, te decepciona incluso
seguir vivo un mal día. Pero, ¿qué es una decepción en el sentido social de la
palabra? Bueno, decepción es, volviendo a la página anterior, ahogarte en el
reflejo de la luna. Decepción es también estar detrás de alguien toda la vida y
que se vaya a vivir a otro país. Decepción es que te llame la madre de la mujer
de tu vida para decirte que se ha intentado suicidar y que están en urgencia a
ver como evoluciona, y tu creyéndote que la vida era fácil porque acabas de
llegar de una cita agradable con una chica amable y exitosa.
Parafraseando a alguien que no recuerdo, mientras lo
modifico un poco, la vida es una sucesión interminable de decepciones en el
ámbito personal y social que acaba de manera abrupta y pierde todo el sentido
de repente.
Siempre habrá personas hermosas ahí fuera esperando a que
les diga que lo son.
Siempre tendré besos allá donde vaya.
Siempre se me olvidará porque necesitamos besar.
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