miércoles, 23 de mayo de 2012

El labrador y el telescopio.

Una vez hubo un labrador en el sudeste de Asia, era pobre y sencillo, dedicaba su vida a su huerto y a su familia. En su aldea los ancianos gobernaban y enseñaban a los niños lo que debían saber para vivir, o lo que ellos necesitaron y creían suficiente para vivir.
Este labrador como el resto de su aldea repartía sus cultivos con esta y ayudaba a otras aldeas cercanas con su abastecimiento a cambio de otras materias o materiales, intuía que esto era normal y correcto, entre todos debemos mejorar y colaborar para ello.
Un día un convoy de comerciantes paso por el lugar, y convenció  a los lugareños de cambiar parte de sus alimentos por oro y piedras preciosas que se suponían con un valor de cambio superior al de los útiles y en función de los cuales los comerciantes medían las cosas.
Una vez el convoy estuvo aprovisionado los comerciantes pasaron a enseñarles telas exquisitas de pueblos lejanos con las que las mujeres se veían hermosas, especias exóticas que daban un sabor único a las comidas junto con armas y útiles que ellos jamas usarían.
Estas mercancías impactaron a los lugareños los cuales compraron estos objetos con el oro recibido por sus cultivos conseguidos con esfuerzo y trabajo en sus tierras y para su supervivencia.
El labrador siempre había querido ver el cielo de cerca, no solo puntos brillantes en la noche, cuando vio el catalejo no entendió que era, cuando los comerciantes le dijeron que era este enloqueció de felicidad.
Vendió toda su comida, sus herramientas y hasta sus tierras y caballos a esos comerciantes para tener en su poder ese artículo tan raro y con el que siempre había soñado.
Semanas después de que se fueran los comerciantes, el labrador no hacia otra cosa que mirar a través de su telescopio en el que solo divisaba manchas de colores, pero apenas comía pues todo lo que comía era limosna.
Al año siguiente volvieron los comerciantes, el labrador había muerto de inanición, reclamaron sus tierras y fabricaron un mercado, fueron a su sepultura y a cambio de unas monedas en su nicho se llevaron su última posesión en vida.
Así concluye la vida de un simple labrador, que aunque sencillo y pobre tenía vida y salud además de algo para sustentarla, a cambio de oro para alcanzar sus sueños dejo su vida en el empeño.

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